Dra. Denegri en Diario La Tercera
Por cep-wadm
26Nov, 2012
¿Qué pasa cuando llegamos a la meta antes que nuestros padres?
Tienen su primer pololeo a los 13, el primer auto a los 22, se cambian de trabajo a los 26, compran una casa a los 27 y son jefes a los 35. A sus padres, seguramente, les hubiera gustado algo así; consiguieron lo mismo, en promedio, cuatro años después. Pero nada es tan fácil. Son exitosos, sí, pero enfrentan la primera crisis antes de los 40, cuando llega la pregunta ¿y qué sigue?
por Fernanda Derosas/ Carlos Pérez / Ilustración: Rafael Edwards
CUATRO años demoró Miguel Angel en pintar los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina. El mismo lapso que demoraron los Beatles en grabar Don’t Pass Me By, la primera canción del grupo compuesta por Ringo Starr. También es cuanto demora en conseguirse un título como publicista. Y cuatro años son también los que necesitó Yamaha en hacer el nuevo piano de Elton John. Lo que tardó en construirse el estadio Nido de Pájaro para los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
Cuatro años.
Lo mismo que, en promedio, se están adelantando las nuevas generaciones en conseguir los hitos y metas de la vida con respecto a sus padres. Pololear, viajar al extranjero, tener una cuenta en el banco, comprar auto, una casa propia, cambiarse a un nuevo trabajo o alcanzar puestos de jefatura. Todo eso lo están consiguiendo antes. Sus padres los miran con satisfacción; ellos se ven a sí mismos como más exitosos.
El auge económico y de mercado, la individualidad, los padres más cercanos, han empujado este cambio.
“Hoy cada uno decide individualmente qué hacer y cuándo. Como consecuencia, hay cosas que los jóvenes hacen más temprano que sus padres, como pololear, tener un auto o una casa. Y también hay cosas que hacen más tarde, como comenzar a trabajar, dejar la casa de los padres, votar en las elecciones o casarse”, dice Pedro Guell, sociólogo del Centro de Investigaciones Socioculturales (Cisoc) de la U. Alberto Hurtado.
Así las cosas, la juventud, hoy, aparece como un terreno en el que -más que antes- se puede lograr todo y rápido. Como dice Esteban Calvo, director del Magíster en Políticas Públicas de la UDP, “la mejora en los índices de vida de los jóvenes podría reflejar las mayores oportunidades y condiciones socioeconómicas, hoy es más atractivo entrar a la juventud. Los caminos están menos estandarizados”.
Las consecuencias de todo esto, de acuerdo a los especialistas, repercutirán en sus vidas familiares: si a más temprana edad se alcanzan los símbolos de estatus y éxito, a más temprana edad, también, se tendrá el tiempo suficiente para dedicarlo a la familia. Pero también repercutirá en su propia salud: la presión por el éxito desde más jóvenes, la frustración de no lograrlo tal como se pensó, la tensión por mantenerlo, pasarán la cuenta antes que a sus padres, algo que ya se está viendo en algunas consultas.
El auto, la jefatura, la casa
En medio de los 80 el carné para manejar llegaba a los 21 años. Aunque se podía sacar antes, los menos lo hacían. Para qué, si los autos eran caros y, por eso mismo, no abundaban en las casas. Tener uno propio siempre fue una “posibilidad”, pero lejana. Bien lejana.
Pero en los 90, el auto se acercó. Se pasó de pedir el del papá a manejar el propio, que se conseguía -en promedio- cerca de los 27 años.
Ahora, en pleno 2012, el carné llega a la billetera cuando se cumplen -en promedio- los 17 y el primer auto, a los 23. Los estacionamientos de muchas universidades dan cuenta de esta tendencia: antes había sólo para profesores, hoy no se entiende una casa de estudios sin estacionamiento para los alumnos.
“Antes se entraba a trabajar, se juntaba el dinero para el auto y recién ahí se tomaba el curso de conducir. Hoy tenemos listas de espera de niños de 17 para tomar cursos de manejo”, comenta Alberto Escobar, gerente de asuntos públicos de Automóvil Club.
Es decir, el auto llega habitualmente antes del primer trabajo (que en los 90 llegaba, en promedio, a los 24 años y por estos días, a los 26 promedio, según la consultora laboral Adecco), que en esta lista es uno de los hitos que se atrasa.
Pero bueno, como sea, el trabajo llega. Y con él, los cambios de trabajo. Que en esto sí que, nuevamente, los jóvenes actuales son una generación adelantada: en los 90, el primer traslado era a los 32 años, hoy es a los 26, de acuerdo a datos entregados por Laborum).
“Antes, pasaban cinco años antes de que comenzaras a buscar un cambio. Eran tiempos en que era difícil ganarse un lugar, por lo que lo cuidabas y te proyectabas. Hoy, no pasa ni un año y ya buscas otro lugar”, dice María Angélica Zulic, gerenta general de Laborum.
La explicación más sicológica de esta necesidad de cambio viene de la especialista Paula Sáiz, de la UDP: “El actual estilo de vida ha conformado a sujetos más individualistas y con menos tolerancia a la frustración. Hoy uno no posterga demasiados deseos. Si algo te demora, buscas otra alternativa”.
El tema es que todo está ahí; sólo es cuestión de llegar. Y, ojalá, rápido. Porque , en lo laboral, es cuestión de conseguir jefaturas y, después, gerencias. El camino está trazado. Y tan claro, que en cerca de dos décadas se redujo en cinco años el tiempo de espera para llegar a ellos.
Así, si en los 90 la jefatura se conseguía a los 35 años y la gerencia a los 40, hoy a la primera se llega con 30 años y a la segunda, con 35 (datos de Laborum).
Es decir, la generación que está en estos momentos en esa lucha, se ahorró la construcción del estadio Nido de Pájaros, de Beijing, y el proceso de pintar los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina… Nada de mal ¿ah? De hecho, muy bien, si se tiene en cuenta que “a los 36 años, promedio, esperan el éxito profesional; llegar a la cumbre de lo que es tu trabajo ideal”, comenta Zulic.
Y lo que se gana en términos económicos se traduce en consumo. Lógico. Y para eso, esta generación está hecha. “Las primeras formas que tienes de demostrar que has llegado a ciertas metas es que has logrado metas de consumo. Por eso la adquisición del auto marca un hito en los jóvenes, pero no sólo es adquirir un medio de movilización, sino que también un símbolo de estatus, de que ya eres independiente, ya eres persona”, dice Marianela Denegri, doctora en sicología y directora del Centro de Psicología Económica y del Consumo (CEPEC) de la U. de la Frontera.
Y luego pasa lo esperable. “Las aspiraciones, una vez alcanzadas, se desplazan siempre”, explica Antonio Baeza, sociólogo de la U. de Concepción. Y en tiempos donde todo se diseña para quedar obsoleto, las metas también quedan obsoletas. “Hoy los bienes de consumo no son perdurables, están hechos para su obsolescencia rápida. Vas renovando tus objetivos por la disminución de la vida útil de los objetivos. Incluso hay ofertas intermedias. ¿Por qué ha tenido tanto éxito el mercado asiático? Porque te venden la ilusión de algo que se parece a tu sueño pero a menor costo. Hoy hay una versión china o taiwanesa de los sueños”, agrega Denegri.
La explicación sirve también para entender lo que los mueve a comprar la primera casa. Que, como todo lo anterior, llega antes en forma de crédito hipotecario. De acuerdo a información entregada por la Superintendencia de Bancos, en los 80, el primer crédito hipotecario se pedía a los 31 años; en 2012, a los 25 años.
Una baja en las tasas y financiamientos de hasta el 100% del crédito en los 90 propició el cambio. Entonces, con poder económico y aspiraciones, comenzaron a comprar la primera casa, que a diferencia de sus padres, de ninguna manera será la última. Hoy comienzan con un departamento, para después pasar a otro más grande y de ahí a la casa, y más tarde a la con piscina… el perfeccionamiento de la renovación de los objetivos.
El pololeo, el sexo, el matrimonio
Claro que también se adelantó. El pololeo, como dirían sus propios padres, ya no es lo mismo de antes. Aunque tampoco es tan distinto, al menos en lo que tiene que ver con la edad en que los jóvenes están comenzando a pololear: un año separa a padres de hijos. En los 90 tenían la primera relación amorosa a los 14 y hoy es a los 13 años (datos entregados por Cemera, Centro de medicina reproductiva y desarrollo integral del adolescente, de la U. de Chile). Y eso que para las nuevas generaciones, el pololeo es “muy serio, les suena muy formal”, comenta Ramiro Molina, del Cemera.
Se adelantan también en la sexualidad. En tres años, aproximadamente. A comienzos de los 90 los jóvenes -en promedio- tenían su primera relación sexual a los 18 años, es decir, cuando estaban saliendo del colegio. Por estos días la tienen a los 15 años. “En los niveles sociales medios y bajos es mucho más precoz que en los niveles más altos. Y esto se ve en la tendencia al embarazo en menores de 14 años”, agrega Molina.
Y en esto hay otro cambio: son las mujeres más que los hombres, las que bajan la distancia con respecto a sus madres.
En el mundo de los afectos, después del pololeo viene el matrimonio (o la convivencia, que se mantiene sin mayores variaciones de inicio, antes y ahora comienza alrededor de los 27 años). La decisión de formalizar, a diferencia de hitos como el pololeo, se ha atrasado con respecto a la edad en la que lo hacían los jóvenes de los 90.
En esa década las mujeres se casaban a los 26 y los hombres, a los 29. En 2010, ellas lo hacen a los 30 y ellos a los 31. Es sabido, la modernidad, la salida de la mujer al trabajo, las metas laborales lo atrasaron.
¿Y ahora qué?
Las consecuencias. Y no todas buenas. Los cambios de este tipo siempre repercuten y más en jóvenes que crecieron en un mundo de oportunidades, donde todos pueden alcanzar sus objetivos y lo hacen notar. “Tienen un carácter fuerte. Se plantan frente a sus padres a la hora del almuerzo y conversan de igual a igual cuestionando las cosas. Lo mismo hacen con sus profesores”, dice Raúl Zarzuri, Centro de Estudios Socioculturales.
Pero les cuesta enfrentar un “no”. Y esa característica forja a una generación que, a pesar de empezar a socializar antes (entran al jardín infantil con un año de anterioridad), se caracteriza por ser muy narcisista.
Estudios generacionales de la sicóloga de la U. de San Diego y autora del libro Generacion Me, Jean M. Twenge, compararon el grado de narcisismo de los jóvenes actuales con los de 1982. ¿Resultado? Los rasgos narcisistas de la media de los jóvenes de hoy son 30% mayores. Como explicó a la página Lifewo.com el investigador de la U. de Harvard, Ronald Kessler, para quien estos jóvenes que logran todo cuando quieren, tienden a verse a sí mismos como “grandes atletas”. Por eso, cuando les toca vivir la realidad, el golpe es más fuerte. Y es ahí donde surge el problema cuando crecen, logran alcanzar sus metas de vida y una tarde cualquiera se preguntan: ¿Y ahora qué?
Esto ha hecho que crisis vitales se adelanten. Así mostraron investigaciones del experto en movilidad social inglés y columnista de The Huffington Post, Anthony Dursi, las que revelaron que la crisis de la mediana edad se adelantó de los 50 a los 30 años. “Estos jóvenes pueden enfrentar la crisis en una edad anterior debido a que han logrado tanto a una edad más temprana. Mi conjetura es que vamos a tener más gente que enfrente momentos de crisis en los 30 años”, dice David Verhaagen, especialista del Centro Estudio Sicológicos de Southeast Psych, Estados Unidos. Según Guell, esto pasa porque hace 20 años el proceso era colegio, universidad y ya cerca de los 30 años armar familia y a los 50 o 60 terminar ese proceso ideal de vida. “Hoy a los 40 ese proceso está terminado y surgen las preguntas: ¿qué hago ahora? ¿Cómo sigo? ¿Qué me mueve ahora?’”, explica el sociólogo.
Este escenario puede motivar un aumento en los cuadros depresivos, advierte Raúl Carvajal, sicólogo de la Clínica Santa María. “La depresión se adelantó, el estrés lo conocen mucho antes, vino relacionado con el trabajo y hoy hasta los niños para entrar al colegio deben dar una prueba”, dice el sicólogo, para quien muchos de quienes caen en esta vacío buscan atenuarlo con horas extras de trabajo o buscando un estilo de vida más placentera, por ejemplo cambiando constantemente de pareja, con lo que experimentan una segunda adolescencia.
Otro riesgo es que en algún punto se den cuenta de que muchas de esas metas, a las que dedicaron tiempo y dinero, no eran propias sino modas pasajeras a las que se sumaron para seguir amigos, parejas o familiares. “En general esto se ve bastante porque nuestra sociedad está orientada hacia lo que los otros perciben como metas socialmente valoradas que no siempre se corresponden con las prioridades que tiene la persona. Entonces llegan a los 35 años, y buscan darle un sentido a lo que estaban haciendo y se dan cuenta que no lo tiene”, dice Teresa Quintana, sicóloga de la U. Adolfo Ibáñez.
No serán como sus padres
Sus padres. Los superan en varios hitos de vida, en varias metas, pero mantienen la cercanía. De hecho, valoran su experiencia y agradecen su esfuerzo, conscientes de que su calidad de vida, con respecto a ellos y gracias a ellos, es mejor.
“La mayoría aprecia a sus padres. A pesar de que pueden tener más éxito a una edad temprana, también reconocen que sus padres ayudaron en gran parte a que esto sucediera”, dice David Verhaagen.
Aunque tiene una mirada dicotómica. Los jóvenes asumen que muchas de las cosas que consiguieron fueron gracias a sus padres pero, a la vez, experimentan una suerte de nostalgia por la tranquilidad con que crecieron esos adultos, con menos recursos, pero más tranquilidad. “Ellos sienten que su vida no es fácil en el sentido de que las generaciones anteriores tuvieron una vida más fácil, saben que antes los caminos se sabían de antemano y que estaban asegurados en el trabajo y la sociedad. Hoy ellos no tienen asegurado su lugar en la sociedad”, dice Zarzuri.
En ese entendido, “la mayoría de ellos todavía quieren las mismas cosas que sus padres querían, como una familia con niños. Los objetivos van a ser los mismos, pero la línea de tiempo con respecto a la familia es más tardía”, dice Verhaagen. Por eso, el especialista explica que se espera una generación de padres preocupados. ¿La razón? Después de una primera etapa de la vida enfocada al éxito, se abocarán a temas como la crianza.
Con esto concuerda Mark McCrindle, sicólogo y analista de tendencias australiano, quien dice que curiosamente esta generación que hoy se adelanta a sus padres tendrá un grado mayor de conservadurismo cuando ellos mismos experimenten la paternidad.
“En lugar de ser más liberales con sus propios hijos, tomarán medidas más estrictas y apretarán las riendas, por lo que es probable que sean más exigentes con sus hijos, ya que tendrán altas expectativas de lo que esos niños sean capaces de lograr”, dice McCrindle a Tendencias.
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